Leyendas

El día que Palermo se convirtió en eterno en Boca

En 2010, el Titán rompió un récord histórico en La Bombonera y se transformó en el máximo goleador del club. Una noche bien de Boca.

  • 12/04/2026 • 11:40

 



Hay ídolos… y hay leyendas. Y lo de Martín Palermo ya no se discute: es historia pura de Boca. El 12 de abril de 2010, en una Bombonera que explotaba, el Loco escribió una de las páginas más grandes del club.


Aquella noche, Boca goleó 4-0 a Arsenal. Pero el resultado quedó en segundo plano. Porque Palermo metió el gol 219 y superó a Roberto Cherro, convirtiéndose en el máximo goleador de la historia del club. 


Y como si eso no alcanzara… hizo otro más. Porque Palermo no se conformaba nunca. Ese gol no fue uno más. Fue el resumen de una carrera. De un tipo que siempre apareció. En las buenas, en las malas… y en las imposibles.


El contexto tampoco era el mejor. Boca venía golpeado, con cambios en el banco y dudas futbolísticas. Pero Palermo hizo lo que hizo toda su vida: responder adentro de la cancha.  Y lo transformó en historia.

El día que Palermo se convirtió en el máximo goleador de Boca y quedó a la vista la pelea con Riquelme | TN
 

Ese día no solo quedó marcado por el récord de Martín Palermo, sino también por una escena que expuso una interna que ya no se podía ocultar. Tras la asistencia de Juan Román Riquelme y el gol histórico, el 10 se desentendió del festejo, giró y se alejó, mientras el Loco lo buscaba sin respuesta. No fue un gesto menor: fue la confirmación en público de una relación desgastada, distante, sostenida únicamente por la obligación de compartir la camiseta dentro de la cancha.
 

El malestar venía de antes y tenía varias capas. En la semana previa, una “visita” de la barra al plantel en Casa Amarilla habría terminado de tensar todo, con un mensaje directo que apuntaba a Riquelme: “pasale la pelota al 9”. Esa situación habría generado incomodidad y enojo en el enganche, que respondió a su manera: le dio la asistencia perfecta a Palermo para el récord… y se corrió del centro de la escena. Un gesto frío, calculado, que dejó en claro que la sociedad futbolística seguía funcionando, pero la relación personal ya estaba rota.


Palermo no fue solo un goleador.Fue el goleador.

- El que estaba cuando había que estar.
- El que hacía goles imposibles.
- El que nunca se rendía.


219… después 220… y una marca que todavía nadie pudo romper. Porque Palermo no competía con otros. Competía con la historia. Y la ganó.