En medio de un presente lleno de dudas, Boca encontró una luz de esperanza en sus inferiores. Tomás Aranda y Leonel Flores volvieron a demostrar frente a Newell's que tienen condiciones para ser protagonistas en la Primera del Xeneize. Gambeta, personalidad, atrevimiento y rebeldía. Dos futbolistas distintos que aparecen como una bocanada de aire fresco en un equipo que sigue sin encontrar el rumbo. El problema es que las apariciones de los juveniles quedan opacadas por un Boca que vuelve a cometer errores infantiles. De poco sirve que Aranda rompa líneas, que Flores desequilibre o que los dos generen las mejores situaciones de peligro si, del otro lado, el equipo regala ventajas que en un club como Boca no deberían existir. La muestra más clara volvió a verse en Rosario. Boca ganaba el partido con autoridad, pero Newell's dio vuelta el resultado aprovechando dos jugadas que ya se transformaron en un problema recurrente: los laterales. No fue un accidente aislado. También O'Higgins había lastimado al Xeneize exactamente de la misma manera. Dos partidos consecutivos, tres goles nacidos de saques de banda y una fragilidad defensiva que empieza a ser alarmante. No se trata de una cuestión de suerte. Son errores de concentración, de posicionamiento y de lectura del juego. En un equipo grande esos detalles definen campeonatos. Boca no puede permitirse seguir regalando goles por acciones que se trabajan desde las divisiones inferiores. Mientras tanto, Aranda y Flores siguen respondiendo. El primero volvió a demostrar que tiene la pausa y la claridad para conducir el ataque. El segundo fue el jugador más desequilibrante de la cancha, encarando una y otra vez sin esconderse nunca. Son dos futbolistas que representan el futuro del club, pero también el presente. Ahora la responsabilidad pasa por el resto del equipo. Boca necesita construir una estructura sólida alrededor de esos juveniles para que puedan crecer sin cargar con todo el peso ofensivo. Porque no alcanza con tener dos joyas si el funcionamiento colectivo vuelve a derrumbarse por errores que se repiten partido tras partido. Arruabarrena ya lo reconoció: el equipo comete "errores tontos". Lo preocupante es que esos errores empiezan a convertirse en una costumbre. Y mientras Boca siga regalando goles y puntos de la misma manera, el talento de Aranda y Flores seguirá alcanzando apenas para ilusionar, cuando debería servir para construir un equipo verdaderamente competitivo.