La imagen de la Bombonera después del partido frente a O'Higgins generó una ola de críticas y dejó una certeza inquietante: el césped está lejos de reunir las condiciones para albergar un partido de Primera División. Los enormes sectores levantados y el deterioro que mostró el terreno llevaron a Boca a analizar seriamente la posibilidad de no jugar como local frente a Estudiantes, una decisión impensada para un estadio que siempre fue un orgullo del club. Lo que debía ser una renovación terminó convirtiéndose en otro dolor de cabeza. Durante el receso por el Mundial se realizaron trabajos para mejorar el césped, pero el resultado quedó muy lejos de las expectativas. En lugar de presentar un campo renovado, Boca se encontró con una superficie que se rompe con facilidad, compromete el desarrollo del juego y hasta genera preocupación por el riesgo de lesiones para los futbolistas.  La situación llegó a un punto tan crítico que la dirigencia ya analiza mudar la localía para evitar exponer nuevamente al equipo y al estadio. Sería una decisión de enorme impacto, porque implicaría que Boca no pueda utilizar su propia cancha debido al mal estado del terreno, algo difícil de imaginar para una institución de semejante magnitud.  En los próximos días habrá una evaluación definitiva junto a los especialistas que trabajan sobre el campo de juego. A partir de ese informe se resolverá si el césped puede recuperarse a tiempo o si será necesario buscar un estadio alternativo para recibir a Estudiantes. Mientras tanto, el interrogante sigue abierto y alimenta el malestar de los hinchas, que ven cómo los problemas del club ya no se limitan al rendimiento dentro de la cancha. Si finalmente Boca debe abandonar la Bombonera para hacer de local, será una muestra más del delicado momento que atraviesa la institución. Después del papelón futbolístico frente a Deportivo Riestra, ahora aparece otro foco de conflicto que golpea directamente a uno de los mayores símbolos del club. Porque cuando ni siquiera la Bombonera puede ofrecer garantías, queda claro que la crisis va mucho más allá de los noventa minutos.