Cuando Edinson Cavani fue presentado en la Bombonera, Boca sintió que había dado un golpe histórico. Llegaba uno de los delanteros más importantes de la última generación. Un futbolista con pasado en Napoli, PSG, Manchester United y la selección uruguaya. Un nombre que generaba respeto en cualquier parte del mundo. Y también una apuesta personal de Juan Román Riquelme. Porque Cavani no fue un refuerzo más. Fue una bandera política. Un símbolo de gestión. La demostración de que Boca podía competir por figuras internacionales de primer nivel. Sin embargo, tres años después, la historia parece acercarse a un final muy diferente al imaginado. Hoy, por primera vez, Boca analiza seriamente qué hacer con su futuro. La incertidumbre física, los reiterados problemas lumbares y la falta de una fecha concreta para su regreso obligaron al club a replantearse una situación que hasta hace pocos meses parecía intocable. Los números son contundentes. Durante el primer semestre de 2026 apenas pudo jugar dos partidos oficiales. La lesión lumbar se transformó en una pesadilla permanente. Probó distintos tratamientos. Analizó una operación. Luego optó por procedimientos menos invasivos. Y aun así los dolores continúan siendo una preocupación constante. Lo más llamativo es que el propio Cavani no quiere rendirse. Su intención sigue siendo la misma. Volver a jugar. Volver a competir. Y retirarse dentro de una cancha con la camiseta de Boca. Pero el fútbol profesional no vive de intenciones. Vive de realidades. Y la realidad indica que Boca necesita saber si puede contar con él o no. Porque mientras Cavani intenta recuperarse, el club sigue pagando uno de los contratos más importantes del plantel. Y mientras el uruguayo lucha contra el dolor, Boca necesita planificar un semestre decisivo. Ahí aparece la gran discusión. Porque el problema ya no es Cavani.El problema es cómo se administró toda esta situación. Riquelme lo defendió siempre. Incluso cuando los hinchas empezaban a perder la paciencia. Incluso cuando los goles dejaron de aparecer. Incluso cuando las lesiones se hicieron recurrentes. El presidente nunca dejó de respaldarlo. Y quizás ahí también haya cometido un error. Porque muchas veces el afecto personal termina condicionando decisiones que deberían ser exclusivamente futbolísticas. Nadie discute la calidad de Cavani. Nadie discute su profesionalismo. Nadie discute el respeto que merece una carrera extraordinaria. Pero Boca no contrató al Cavani del PSG. Contrató al Cavani de 36 años. Y asumir ese riesgo implicaba aceptar que el físico podía convertirse en un problema central. Exactamente lo que terminó ocurriendo. Por eso hoy la discusión es inevitable. ¿Debe Boca seguir esperando? ¿Debe apostar unos meses más? ¿O debe asumir que el ciclo está llegando a su final? Nosotros creemos que la situación duele porque detrás de Cavani había una ilusión genuina. Todos querían que funcionara. Los hinchas. Los dirigentes. Y el propio jugador. Pero el fútbol muchas veces es cruel. Y hay momentos donde la realidad se impone sobre los deseos. Cavani sigue luchando. Sigue intentando volver. Y merece reconocimiento por eso. Pero Boca también necesita mirar hacia adelante. Porque mientras el uruguayo intenta ganarle una batalla a su cuerpo, el club necesita reconstruir un equipo que viene de fracaso en fracaso. Y quizás la pregunta ya no sea cuándo vuelve Cavani. Quizás la verdadera pregunta sea si Boca puede seguir dependiendo de una apuesta que hace tiempo dejó de dar resultados.