El Vasco vuelve. Y para muchos de nosotros eso es una buena noticia. Porque hablamos de un hombre que nació futbolísticamente en Boca. Que se formó en el club. Que dejó todo dentro de la cancha. Que gritó como un hincha los goles de la final de la Copa Libertadores contra Palmeiras. Que ganó títulos como jugador. Y que también ganó títulos como entrenador. Merece esta segunda oportunidad. Pero también merece algo más importante. Libertad. Porque si algo nos enseñaron los últimos años es que el problema de Boca no parece estar exclusivamente en los entrenadores. Pasaron Russo. Pasó Battaglia. Pasó Ibarra. Pasó Almirón. Pasó Martínez. Pasó Gago. Pasó Úbeda. Y los problemas siguieron apareciendo. Las crisis siguieron apareciendo. Las frustraciones siguieron apareciendo. Las Copas siguieron escapándose. Entonces la pregunta es inevitable. ¿De verdad todos los técnicos estaban equivocados? ¿O quizás el problema es más profundo? Lo llamativo de esta historia es que el propio Riquelme fue durante años uno de los mayores críticos de Arruabarrena.   Lo cuestionó públicamente. Le reprochó la eliminación con RiBer en la Libertadores 2015. Llegó a minimizar decisiones arbitrales y situaciones que en aquel momento habían golpeado duramente al club. Incluso fue mucho más duro que varios dirigentes e hinchas rivales.   "No me vengan com que a Boca le ganaron por escritorio porque en primer tiempo no pateó al arco", dijo del día del gas pimienta, olvidando deliberadamente que días antes ese mismo Boca le había ganado a ese mismo River 2-0 un superclásico en la Bombonera con dos goles a los 84 y a los 87 minutos.   "Nos ponemos contentos porque ganamos un campeonato y el árbitro nos regaló una Copa Argentina", minimizó, bombardeando ya entonces políticamente al club y a ex compañeros como el Vasco. Ni los de River se habían animado a tanto. No es necesario que le pida perdón Riquelme al Vasco porque ya lo hizo con éste llamado para que lo saque del barro en el que se metió.  Sin embargo, hoy termina recurriendo a él. Y eso también dice mucho. Porque cuando un presidente vuelve a buscar a alguien que criticó durante años, en el fondo está reconociendo que las decisiones tomadas después tampoco funcionaron. Es imposible no verlo de esa manera. Riquelme apostó por entrenadores propios. Por hombres de su confianza. Por proyectos que supuestamente representaban su idea futbolística. Y la realidad terminó siendo muy distinta. Boca sigue sin encontrar estabilidad. Sigue cambiando de entrenador. Y sigue acumulando decepciones. Por eso el llamado al Vasco tiene algo de revancha. Pero también tiene algo de reconocimiento. Reconocimiento a un entrenador que ganó dos títulos. Reconocimiento a un técnico que tomó un equipo devastado tras la salida de Carlos Bianchi y logró devolverle competitividad. Reconocimiento a alguien que, guste o no, dejó una imagen bastante mejor que varios de los que vinieron después. Claro que también tiene cuentas pendientes. Las eliminaciones con RiBer. Los clásicos. Algunas decisiones futbolísticas discutidas. Todo eso forma parte de su historia. Nosotros, como hinchas, no le vamos a pedir milagros. No le vamos a pedir que gane la Sudamericana en dos meses. No le vamos a pedir que arregle de un día para otro todos los problemas que Boca arrastra desde hace años. Le vamos a pedir algo mucho más simple. Que sea él. Y que lo dejen ser. Que arme el equipo. Que decida. Que acierte. Y también que se equivoque. Pero que las decisiones sean suyas. Porque Boca necesita un entrenador. No un ejecutor. No una figura decorativa. No alguien que esté para obedecer. Necesita un conductor. Y si Riquelme realmente cree que Arruabarrena es el indicado, entonces deberá darle algo que muchos sienten que otros técnicos nunca tuvieron. Autonomía. Libertad. Confianza. El Vasco vuelve a Boca. Y ojalá esta vez no tenga que pelear solamente contra los rivales. Porque el mayor deseo de muchos hinchas no tiene que ver con títulos ni con campeonatos. Tiene que ver con algo mucho más básico. Vasco, rompela. Pero sobre todo, que te dejen trabajar.