Hay noches que marcan un antes y un después. Y esta puede ser esa para Alan Velasco. Porque en Varela no fue un partido más: fue su noche consagratoria en Boca, la que todos estaban esperando desde que se puso la azul y oro.  Velasco no solo jugó bien. Jugó como se le pedía. Participativo, encarador, metido en el partido de principio a fin. Metió un gol, dio una asistencia y fue el eje de los ataques, apareciendo siempre en los momentos importantes.  Y eso el hincha lo nota. Porque no venía siendo fácil su adaptación. Porque había dudas. Porque se esperaba más. Y esta vez apareció. En el segundo tiempo, cuando el partido se abrió, fue clave. Aprovechó una contra iniciada por Zeballos, picó al espacio y definió con categoría para el 2-0, empezando a liquidar la historia.  Pero no se quedó solo con eso. Jugó suelto, pidió la pelota, se hizo cargo. Terminó con números que respaldan la sensación: 48 toques, gran precisión en los pases, influencia en ataque y hasta compromiso defensivo con recuperaciones.  Fue completo. Desde este lado, el hincha lo siente así. Este es el Velasco que Boca fue a buscar. El que desequilibra. El que aparece en partidos importantes. El que te cambia un partido.                    Y hay algo más que no pasó desapercibido. Después del partido, ya con todo resuelto, se acercó y le regaló su camiseta a un hincha rival. Un gesto simple, pero que también habla de otra faceta, de alguien que entiende el fútbol más allá del resultado.