Hay fechas que no son una más. Hay partidos que no se olvidan. Y hay historias que explican todo lo que vino después. El 21 de abril de 1905, Boca jugó su primer partido de la historia y, como no podía ser de otra manera, arrancó ganando. Fue 4-0 ante Mariano Moreno, en un amistoso que marcó el inicio de una pasión que hoy es gigante.  Ese día no había Bombonera, no había millones de hinchas ni historia pesada. Había un grupo de pibes, un barrio y una idea. Se jugó en la Dársena Sur, con una camiseta muy distinta a la actual, blanca con líneas negras, y con nombres que hoy son parte del origen: Juan y José Farenga, Santiago Sana, entre otros.  Y Boca fue Boca desde el primer día. Porque no solo ganó, goleó. 4-0 con dos goles de Juan Farenga y los restantes de su hermano José y Sana. Ahí ya había algo. Esa forma de competir, de imponerse, de dejar una marca.  Desde este lado, se siente distinto. Porque no es solo historia. Es identidad. Ese equipo no tenía títulos, no tenía copas, no tenía nada de lo que hoy conocemos. Pero tenía algo que nunca cambió: el sentido de pertenencia. Eran pibes del barrio, hijos de inmigrantes, que se juntaron para jugar a la pelota y terminaron creando el club más grande.  Y ahí está la clave. Porque Boca no nació siendo gigante. Se hizo. Con esfuerzo. Con calle. Con identidad.   Después vino todo lo demás. La Bombonera, los campeonatos, los ídolos, las noches de Copa, los Superclásicos que marcaron épocas. Pero todo empezó ahí. En una cancha improvisada, con un grupo de pibes que no sabían que estaban escribiendo historia. Hoy, más de un siglo después, Boca sigue siendo eso. Cambia el contexto. Cambian los nombres. Pero no cambia lo esencial. Porque Boca no es solo lo que gana. Es de dónde viene. Y cada vez que entra a la cancha… recuerda ese primer día.