De a poco, casi sin darnos cuenta, nos están quitando a Boca. No de golpe, no con un golpe fuerte, sino partido a partido, decisión tras decisión, con errores que se repiten y explicaciones que ya no alcanzan. Lo que vemos en la cancha no refleja la historia ni la identidad del club. Tiene la camiseta, tiene la Bombonera, pero le falta lo esencial: convicción, carácter y conducción. El empate con San Lorenzo dejó algo más que bronca. Dejó la sensación de que el espejismo de Lanús duró poco y que el equipo volvió a mostrar los mismos límites de siempre. Boca tuvo momentos buenos, generó situaciones y hasta pudo ganarlo, pero otra vez se quedó a mitad de camino. Y en este club, quedarse corto es perder. El foco vuelve inevitablemente al banco. Claudio Úbeda sigue sin dar respuestas en los momentos clave: el equipo no reacciona desde las decisiones, los partidos se repiten y la lectura desde afuera no acompaña lo que pide el juego. La Bombonera habló claro con los silbidos y el mensaje fue directo: el crédito se agotó.   Pero el problema va más allá del técnico. Porque en Boca los procesos no se sostienen solos. Se sostienen o se terminan desde la conducción. Y hoy la conducción no logra transmitir rumbo. Mientras el hincha se va con bronca, arriba se discute en otra sintonía. Esa distancia es la que más preocupa.   En la cancha se vieron gestos que resumen el momento: Paredes agarrándose la cabeza, Marchesín mirando al vacío, varios jugadores cabizbajos. Fue como perder. Porque Boca no solo empata: pierde terreno, pierde seguridad y, lo más grave, pierde prestigio. El hincha lo siente distinto. Lo sufre distinto. Porque es el que está siempre, el que empuja, el que llena la cancha y el que se vuelve con la sensación de que esto no puede seguir así. En Boca se puede ganar o perder. Lo que no se puede es repetir errores y naturalizar la mediocridad.   No es enojo solamente. Es preocupación. Y también es un pedido. Piensen en Boca.