Boca volvió a tropezar en el mercado. Cuando parecía encaminado, el pase de Alan Lescano se cayó y el club no pudo aprovechar el cupo que se había abierto tras la salida de Lucas Blondel. El resultado: el Xeneize se quedó sin refuerzo en un momento donde el plantel lo necesita y el debate sobre la planificación volvió a encenderse.   La negociación fue larga, desgastante y terminó sin acuerdo. Boca había avanzado con el jugador y su entorno, pero nunca logró cerrar la parte más difícil: convencer a Argentinos Juniors y a Gimnasia La Plata, que comparten el pase. El Lobo sostuvo su postura económica y el tiempo jugó en contra.   Desde el club explicaron que el margen era mínimo y que no se iba a pagar cualquier cifra por el volante. Sin embargo, el resultado deja otra vez la sensación de oportunidad perdida: Boca buscaba un mediocampista creativo desde hace tiempo y el elegido no llegó.   El episodio también vuelve a poner el foco en la gestión. Bajo la conducción de Juan Román Riquelme, Boca ya tuvo varios mercados donde los nombres buscados no se concretaron o llegaron tarde. Y en este caso el golpe se siente más porque el equipo todavía muestra problemas en la generación de juego y porque el cupo existía. En lo futbolístico, la caída de la operación obliga a Úbeda a seguir con lo que tiene. La irrupción de Tomás Aranda, el regreso de Paredes y el buen momento de Merentiel aparecen como soluciones internas, pero no tapan una realidad: Boca sigue necesitando variantes en tres cuartos.   El hincha lo percibe. Cada mercado inconcluso refuerza la sensación de improvisación en un club que históricamente supo anticiparse y dominar el escenario. Hoy, en cambio, muchas decisiones parecen llegar tarde o quedar a mitad de camino. La temporada sigue y Boca tiene objetivos grandes por delante. Pero lo de Lescano deja una señal clara: el margen para equivocarse es cada vez menor y la exigencia con la dirigencia crece partido a partido.   Porque en Boca, cuando no llegan los refuerzos… las preguntas siempre apuntan arriba.