Boca encontró un poco de aire en la goleada a Lanús y mucho tuvo que ver la decisión de Claudio Úbeda de apostar por el doble nueve. En un equipo que venía sufriendo para convertir y que mostraba desconexión en los últimos metros, la sociedad entre Miguel Merentiel y Ádam Bareiro le dio presencia en el área, agresividad y una contundencia que hacía tiempo no aparecía.   No fue casualidad. La “Bestia” volvió a mostrar su mejor versión, con movilidad constante, presión alta y gol, mientras que Bareiro aportó lo suyo con juego de espaldas, pivoteo y sacrificio. El resultado estuvo a la vista: Boca convirtió tres goles, generó situaciones claras y mostró una cara más convincente que en los partidos anteriores.   Pero la apuesta también tiene riesgos. El doble nueve obliga al equipo a encontrar equilibrio en el mediocampo y a no perder control del juego. Por eso, la presencia de Leandro Paredes y Santiago Ascacíbar fue clave para sostener el orden y permitir que los delanteros se enfoquen en lastimar. La aparición de Tomás Aranda como enlace también ayudó a conectar líneas, algo que Boca venía extrañando.   Úbeda lo sabe: el desafío no es solo repetir el esquema, sino sostener el funcionamiento. En Boca, cada sistema se pone a prueba rápido y los resultados mandan. En los últimos años, distintos entrenadores pasaron por el banco con ideas diferentes, pero pocos lograron continuidad real. El actual DT no escapa a esa lógica.   Además, el contexto obliga. Con lesiones en ataque —como las de Cavani y Zeballos— y un plantel que todavía no termina de consolidarse, el doble nueve aparece como una solución inmediata más que como una estructura definitiva.   El hincha lo ve claro: cuando Boca ataca con decisión y pisa el área, el equipo se transforma. Pero también sabe que el desafío es mayor. No alcanza con un partido ni con una racha corta. Boca necesita sostener rendimiento, personalidad y gol en los encuentros que más pesan.   Ahora llega el clásico con San Lorenzo. Y ahí se verá si el doble nueve fue solo una reacción… o el inicio de algo más sólido. Porque en Boca, cuando la pelota entra, todo parece más fácil. Pero cuando no entra, las preguntas vuelven rápido.