Boca hizo lo que tenía que hacer. Venció 2-0 a Gimnasia y Esgrima de Chivilcoy por los 16avos de final de la Copa Argentina y avanzó de ronda sin sobresaltos mayores. Cumplió con la obligación. Y en este presente irregular, eso ya es noticia.   Pero también hay que decirlo sin vueltas: enfrente había un equipo del Federal, con todo el respeto que merece, pero con una diferencia de jerarquía, presupuesto y plantel abismal. Era el piso mínimo que se le exige a Boca. Ganar. Y si es posible, sin sufrir.   El equipo mostró momentos aceptables, algo más de intensidad y algunas individualidades que marcaron la diferencia. Sin embargo, volvió a evidenciar que le cuesta sostener una idea clara de juego durante los 90 minutos. Hubo pasajes de control y otros de desconexión que, ante un rival de mayor jerarquía, pueden pagarse caro.   En cuanto al desarrollo del partido, Boca fue de menor a mayor. El arranque fue intenso pero impreciso, con un rival que intentó cerrarse atrás y apostar al error. Al equipo le costó encontrar claridad en los primeros minutos, abusó del centro y le faltó sorpresa por dentro. Sin embargo, con el correr del encuentro empezó a imponer jerarquía y a ocupar mejor los espacios.   Y ahí apareció Bareiro. El delantero tuvo un debut soñado: marcó los dos goles del encuentro y terminó de encaminar la historia. La jugada lo muestra tal cual es: atento, bien ubicado y con olfato de área. No necesitó demasiados toques, leyó la acción antes que los defensores y definió con autoridad. Goles de nueve clásico. Goles de los que valen doble porque dan tranquilidad. Pero no fue solo los tantos. Bareiro se movió bien entre los centrales, descargó de espaldas cuando fue necesario y mostró personalidad para pedirla en momentos calientes. Se lo vio enchufado, comprometido y con hambre. Para un estreno, dejó una carta de presentación fuerte. Si este es el punto de partida, Boca puede ilusionarse. Porque cuando el nueve convierte en su debut, no es solo un dato estadístico: es una señal.   La victoria sirve para descomprimir, pero no para engañarse. Boca no puede medir su evolución en función de un cruce ante un equipo de otra categoría. El verdadero examen está en los clásicos, en la Copa Libertadores, en los partidos que definen carácter y proyecto. Y ahí es donde todavía no ha dado la talla en los últimos años.   El hincha celebra el triunfo porque quiere ganar siempre. Pero también sabe que esto no alcanza. Que Boca fue gigante por imponerse ante los grandes, por dominar, por tener identidad. Hoy, en cambio, parece un equipo que se reconstruye partido a partido, sin terminar de encontrar una línea sólida.   La dirigencia y el cuerpo técnico deberán entender que estos triunfos son un alivio momentáneo, no una reivindicación. Boca necesita un rumbo claro, planificación deportiva y resultados contundentes en escenarios exigentes. No alcanza con cumplir ante rivales menores.   Se ganó. Y está bien. Pero Boca todavía tiene un largo camino por recorrer si quiere volver a ser ese equipo que no solo avanzaba en la Copa Argentina, sino que imponía respeto en cualquier cancha del continente.