¿Quién arma realmente el Boca que vemos hoy?   Cuando un ídolo de la casa como Schiavi sugiere que “le arman el equipo a Úbeda”, no está tirando una opinión menor: está describiendo una sensación de falta de autoridad, de claridad y de proyecto futbolístico que no es nueva en Boca, sino que viene de varios partidos y mercados de pases donde las decisiones parecen más reactivas que planificadas.   Esta no es una crítica al “ritmo del fútbol”. Esta es una crítica al modo de conducción actual. Boca no puede vivir de decisiones improvisadas ni de planteos que cambian según el rival de turno. El club más grande de Argentina, con más historia que la mayoría de sus rivales, merece coherencia futbolística y una planificación clara desde lo dirigencial hasta lo técnico.   El problema no es Úbeda. El problema es cómo se arma el Boca que él tiene que dirigir. Y si desde fuera —como lo insinuó Schiavi— se percibe que las piezas no se ensamblan con lógica táctica o con sentido de largo plazo, entonces el reclamo no es contra el entrenador: es contra el sistema que define qué debe ser Boca.   Esto se refleja en varios puntos: Decisiones de mercado que llegan tarde (como los refuerzos que nunca terminan de concretarse o que se caen en el último momento). Movidas defensivas sin sentido ofensivo, lo que ha llevado a empates sin gol en La Bombonera. Cambios que sorprenden más que ayudan, como los que fueron cuestionados en momentos clave. Perder identidad con respecto a lo que se espera del ADN xeneize, es decir, más fútbol, más ataque, más convicción. Cabe recordar que el Flaco era el entrenador de la Reserva cuando asumió la dirigencia de Jorge Amor Ameal en 2019, con Juan Román Riquelme como vicepresidente segundo. Apenas se oficializó la nueva conducción, la decisión fue inmediata: su ciclo quedó terminado y el cargo pasó a Sebastián Battaglia, quien luego terminaría ascendiendo a Primera tras la salida de Miguel Ángel Russo. La forma en que se dio esa desvinculación nunca fue explicada públicamente y dejó una herida silenciosa que, con el tiempo, se transformó en distancia política y futbolística. En aquel momento, Schiavi se despidió con un mensaje elegante pero cargado de contenido: habló de proyectos que deben respetarse “de manera integral”, de diferencias de criterios deportivos y de decisiones que no fueron comunicadas ni argumentadas. Desde entonces, ya fuera como panelista o en declaraciones públicas, se convirtió en una de las voces más críticas de la gestión que encabeza Riquelme. Su mirada no nace de afuera ni del oportunismo: nace desde adentro, desde alguien que formó parte del club y que siente que aquel proyecto que abrazó quedó inconcluso por decisiones que, hasta hoy, siguen generando debate entre los hinchas. Cuando la tribuna ya no canta con alegría sino con frustración…Cuando un clásico deja más dudas que respuestas…Cuando ídolos señalan que “le arman el equipo”…no es un señalamiento al azar. Es un síntoma. Y ese síntoma, como lo vería cualquier hincha de Boca con memoria e identidad, apunta a algo más profundo:la falta de una conducción futbolística sólida, clara y con proyecto propio. Porque Boca no se define solo por quién está en el banco…sino por quién dicta el rumbo desde la dirigencia, quién arma los equipos, quién piensa en grande y quién prepara al club para competir de verdad. El reclamo no es al técnico…El reclamo es a la forma en que Boca está siendo gestionado.No alcanza con nombres si no hay proyecto.No alcanza con fama si no hay estructuraNo alcanza con historia si no hay rumbo. Boca merece coherencia, jerarquía y un plan claro.Y el hincha lo sigue pidiendo…porque amar a Boca también es exigir.