La derrota de Boca ante Vélez Sarsfield no fue un tropiezo más. Fue otra oportunidad perdida para encarar el Torneo Apertura con firmeza, para mostrar carácter lejos de La Bombonera y para dar señales de crecimiento después de semanas de dudas. Y ante ese golpe, la dirigencia eligió reunirse puertas adentro: Riquelme juntó al cuerpo técnico y a los referentes del plantel para intercambiar miradas y, según la versión oficial, buscar soluciones.   Pero como hincha y como socio, la sensación no es de alivio. Más bien lo contrario: hay enojo, incredulidad y frustración. Porque cuando un club gigante como Boca pierde liderazgo, pierde ritmo y pierde identidad en la cancha, lo mínimo que espera la gente es coherencia, planificación y señales claras de un proyecto de fútbol que funcione. ¿Y qué recibe? Otra reunión, otra foto, otra excusa.   Desde que Riquelme asumió el manejo del fútbol, muchas decisiones quedaron en el medio entre la nostalgia y la improvisación: refuerzos tardíos, esquemas sin claridad, ausencia de caras nuevas de jerarquía y juveniles lanzados sin una estructura de fútbol que los sostenga. Y ahora, después de una derrota que duele en la tabla y en la percepción colectiva, la respuesta oficial es repetir lo mismo: reunión interna y diálogo técnico-futbolista.   Seguro hubo palabras de aliento. Seguro se habló de trabajar más, de corregir errores y de apuntar a ser más sólidos. Pero lo que el hincha esperaba —y sigue esperando— es planificación, proyectos y certezas. No solo encuentros. Porque hace rato que Boca no gana las que “debe ganar”; hace rato que no construye un estilo; hace rato que cada resultado negativo se siente como una cicatriz que no termina de sanar. Riquelme citó al cuerpo técnico y a los referentes -léase Leandro Paredes, Agustín Marchesín, Miguel Merentiel, entre otros- para hablar sobre lo sucedido en Liniers. En la charla, que duró algunos minutos, el presidente y máximo ídolo de la institución manifestó su preocupación por la imagen que mostró el equipo anoche y por la que viene mostrando en los últimos años fuera de la Bombonera. Las partes dieron su punto de vista y acordaron que buscarán la mejor forma de sacar la situación adelante. Y encima, después de esa reunión, lo que queda flotando en el aire es la misma pregunta que se escucha en las tribunas, en los pasillos de La Bombonera y en las charlas de los socios: ¿hasta cuándo este ciclo sin rumbo claro? Porque no se trata de un solo partido; se trata de una sensación repetida, de un camino que parece girar sin avanzar.   Más allá de las buenas intenciones, la reunión fue otra escena que refleja la ausencia de certezas en la conducción futbolística. Cuando Boca pierde y se reúne, el socio no quiere fotos ni declaraciones formales: quiere resultados, identidad y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.   Porque en Boca el enojo no es capricho… es demanda de respuestas: Cuando el club pierde, duele en el alma y en la tabla. Cuando las reuniones no cambian la realidad, se agrega frustración. Cuando las decisiones no rinden, la paciencia se termina. Y hoy, más que nunca…el hincha xeneize exige claridad y un rumbo que se vea en la cancha.