Boca ya no discute: se fractura Boca Juniors vive una interna política que ya dejó de ser un rumor. Lo que antes se debatía puertas adentro, ahora estalla a la vista de todos: el oficialismo encabezado por Juan Román Riquelme gobierna con mayoría, pero bajo denuncias de censura, violencia institucional y falta de democracia hacia los sectores opositores. La asamblea extraordinaria convocada para tratar el contrato con Hard Rock no fue un espacio de discusión: fue un choque. Un punto de inflexión que expuso algo más profundo que un acuerdo comercial. Expuso un modelo de conducción.   La agresión a una socia vinvulada a la denuncia al hermano de Riquelme: Paula Seminara es una socia del Boca Juniors, asambleísta representando a la minoría, ex-dirigente y militante institucional. Fue insultada y agredida verbalmente en plena asamblea. La llamaron “nazi”, entre otros agravios. La escena fue filmada y es consecuencia directa de una denuncia penal que ella presentó contra el hermano del presidente del club. La denuncia penalmente a Cristian Riquelme —hermano del presidente Juan Román Riquelme— es por hostigamiento agravado, amenazas e incluso contacto físico durante un partido de la Copa Mundial de Clubes en Nashville, Estados Unidos.  Como parte de esa causa, la Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires le instauró una medida de restricción a Cristian Riquelme por seis meses para que no se acerque ni tenga contacto, directo o virtual, con la denunciante.    La agresión, se produjo el 24 de junio de 2025 en un palco en el estadio Geodis Park, incluyó insultos misóginos (“putita”), empujón y amenazas.  Ese episodio se añade al intenso debate sobre el poder interno del club y la forma en que la conducción oficialista —con Riquelme como figura central— gestiona la participación y la voz de la oposición.   Distintas agrupaciones, entre ellas Activos x Boca, emitieron un comunicado repudiando la violencia: > “Rechazamos toda forma de violencia verbal y reafirmamos nuestro compromiso con una comunidad xeneize unida, diversa y respetuosa.”       El episodio dejó una pregunta que retumba: ¿qué lugar tiene hoy el socio opositor en Boca? El detonante fue un contrato sin debate. El acuerdo con Hard Rock Café no solo generó desacuerdos ideológicos, lo que más se cuestiona es el procedimiento (Podés leer: ¨Hard Rock en La Bombonera: ¿una entrega polémica del club?¨)   La concesión del Hard Rock Café en La Bombonera está plagada de interrogantes económicas e institucionales que ponen en riesgo la identidad xeneize. Aunque se alardea una marca global, el club asume la carga de las obras estructurales mientras la multinacional se lleva la explotación de marca y local sin riesgos proporcionales. Boca cobrará un piso de solo US$ 100.000 anuales más el 7 % de la facturación, cifra que críticos consideran irrisoria para el valor del escudo y el derecho territorial.  Además, el contrato se firmó por diez años con opción de prórroga, prolongando el impacto más allá de los mandatos actuales. Ese apuro por cerrar “alianzas comerciales” sin debate profundo de socios y sin transparencia alimenta una grieta interna: para la oposición, el acuerdo se convirtió en símbolo de entrega, no de fortalecimiento.   * No hubo informe jurídico previo * No hubo estudio financiero presentado a los representantes * No se exhibieron los anexos completos del contrato * No pasó por comisiones internas * Boca asume obras, servicios, iluminación y seguridad * Hard Rock recibe la marca Boca y un palco para 15 personas, corporativo, ubicado en un lugra privilegiado de la Bombonera, que según fuentes del club estaría valorado en más de usd 300.000 anuales. * El club cobra solo USD 100.000 al año + 7% de ventas netas   Fragmento del documento leído en la asamblea por opositores: - “Nuestra Bombonera no se alquila. Nuestra marca no se terceriza. Nuestro sentimiento no se negocia.”   El ídolo más grande de los últimos 30 años se convirtió también en el dirigente más cuestionado del presente. Aplaudido por la tribuna, criticado por el ala opositora, Román hoy es más que el vicepresidente: es el poder.   Para sus seguidores, defiende al club de intereses externos.Para sus detractores, gobierna con lógica de círculo cerrado: “o estás con él, o estás afuera”.   Si la tensión institucional tiene su capítulo en las asambleas, lo deportivo no escapa a la misma lógica. Juan Román Riquelme construyó su liderazgo como dirigente bajo la idea de que “en Boca manda el fútbol”, pero para parte del mundo xeneize ese concepto terminó transformándose en un verticalismo sin consenso. La elección de técnicos, las salidas intempestivas de referentes, los mercados de pases cerrados entre pocos nombres y las decisiones tomadas sin debate dirigencial alimentaron una percepción que ya no se limita a lo político: para sus críticos, Román conduce como jugaba, pero ahora sin equipo alrededor. El resultado, advierten, es un club donde las decisiones se aprueban, pero no se discuten; se acatan, pero no se comparten.   El conflicto ya no es deportivo: es cultural, político e identitario. Lo que está en riesgo no es un restaurante: es el club. El episodio no fue un estallido aislado. Fue una alarma. Acá se profundiza la grieta cuando hablar se convierte en provocación, disentir se convierte en delito y preguntar se convierte en amenaza, es ahi, cuando el club deja de ser asamblea y pasa a ser escenario de obediencia.   Boca nació pueblo, no panel vertical. Si la participación se reemplaza por disciplina, el daño no es solo político: es histórico. Boca no puede permitirse ser un club donde se aplaude en silencio y se agrede al que piensa distinto. Donde el contrato importa más que la convivencia. Donde el socio deja de ser parte para convertirse en espectador. Porque Boca no se privatiza, no se terceriza, no se intimida.